SALONES Y EXPOSICIONES. Algunas escenas.
ÉMILE ZOLA, MI SALÓN (1868)
Hoy abre el Salón. Todavía no he puesto los pies en las salas de exposición y sin embargo sé ya cómo serán las largas hileras de cuadros que veré colgando de las paredes. Nuestros artistas nos han acostumbrado poco a sorpresas, y todos los años se exhiben las mismas mediocridades con la misma pertinancia. Un pequeño esfuerzo de memoria basta para evocar el espectáculo de esas telas siempre semejantes, que retornan puntualmente en la debida estación.
Las salas se extienden grises, monótonas, mostrando manchas ásperas y chillonas, parecidas a ramilletes de flores impresos en los fondos neutros de papeles pintados. De arriba cae una luz cruda que proyecta relfejos blanquecinos en las brillosas telas, que araña el oro de los marcos y colma el aire de una especie de polvillo difuso. La primera sensación es de deslumbramiento; experimenta uno una estupefacción que lo deja inmóvil, con los brazos colgando y la nariz en alto. Mira uno con atención escrupulosa el primer cuadro con que tropieza, sin verlo, sin saber si quiera que uno lo está mirando. A la derecha y a la izquierda siente uno cohetes de color que lo dejan tuerto.
Poco a poco uno se recupera y recobra el aliento. Entonces comienza a reconocer a los viejos conocidos. Allí están todos, dispuestos como un montón de cebollas, cada uno en su rinconcito, ni más viejo ni más joven, ni más hermoso ni más feo, pues ha conservado religiosamente la misma arruga o la misma sonrisa.
Richard Earlom, Exposición en la Real Academia de Pall Mall en 1771
Pietro Antonio Marini, El Salón de París de 1785
F. J. Heim, Carlos X entrega los premios a los artistas al finalizar el Salón de 1824
Giuseppe Castiglione, Vista del gran Salon carré del Museo del Louvre, Salón de 1861
Charles West Cope, El consejo de la Real Academia selecciona cuadros para la Exposición de 1875
Alexandre Brun, Vista del Salon Carré, c. 1880
Henri Gervex, Una sesión del jurado de pintura en el Salón de los artistas franceses, 1885